Hace ya algunos años, bastantes más de los que quisiera reconocer, cuando aún no tenía un sitio en este mundo, cuando mi vida se asemejaba a una especie de valle cubierto por la niebla..., entonces... empezaba a ojear algún fin de semana que otro el suplemento del fin de semana de un conocido y reputado periódico de nivel nacional. El diario me gustaba, si bien no era lector asiduo ni mucho menos. Por ello me animé con el suplemento, en busca de algo nuevo, original, moderno y sincero.
Sin embargo, tras unas primeras aproximaciones un tanto dubitativas, empecé a comprobar que todo lo que llenaba las páginas de la revista era sofisticado, caro y rematadamente absurdo. Relojes para millonarios, vinos rebuscados, hoteles imposibles... Me imaginé que no era más que una ridícula y sibarita elección desafortunada de los redactores. Algo tan exclusivo tenía que morir por sí solo, arrinconado por la realidad cotidiana, los presupuestos ajustados de amas de casa corrientes, olvidado sin remedio como una curiosidad inútil y excesiva.
Desgraciadamente, para mi sorpresa, lo que parecía ser una tendencia aislada y absurda empezó a extenderse como las ondas en un lago, cada vez más lejos, cada vez más grandes. Otras publicaciones se sumaron a los gustos caros, los viajes exclusivos, los regalos desorbitados. Y lejos de producir rechazo, eran aceptadas como si de una nueva biblia se tratara. La gente de la calle, la gente corriente aspiraba en secreto a poder disfrutar de esos lujos, ¡a cualquier precio!
Llegó la moda de diseñar vacaciones exóticas que se pagaban en cómodos plazos. La ropa, de diseño; la tecnología, punta.
La corriente se convirtió en tendencia, la tendencia en moda, la moda en costumbre. Cualquiera presumía de reloj, zapatos, bolso de marca o caprichos varios con tal que cumplieran una única e ineludible condición: que fueran caros, exclusivos, excesivos.
Y así es como creció la fama de marcas ostentosas y absurdamente caras, así es como llegaron modas de dorados y siglas gigantes en gafas y camisas, realmente horteras. La cocina dejó de ser sinónimo de buena alimentación, suficiente y rica, para convertirse en las fantasías más oníricas y estúpidas de cuatro iluminados que nos hacían pasar hambre y vergüenza a precios de escándalo.
España se volvió un país de pijos, sibaritas de tres al cuarto, bufones de la ostentación que no perseguían disfrutar con lo que hacían, sino tan solo ser como el vecino, sino más. Aparentar, gastar, presumir... Se desató una carrera que parecía tener como sola meta huir como despavoridos del reciente y doloroso pasado de penurias, escasez y complejos, represión, miedos y rezos.
La historia se repite, es cierto. A los nobles ociosos, vagos e ignorantes que poblaron estas tierras en los años oscuros del medievo les han sucedido los nuevos ricos, los yuppies, los postmodernos de finales del siglo XX y principios del XXI. No avanzamos más que hacia atrás. De Europa solo tenemos una estrella en una paño azul. Para el resto, seguimos siendo nativos incultos deslumbrados por baratijas; muy, muy caras, eso sí.
Mostrando entradas con la etiqueta Debates. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Debates. Mostrar todas las entradas
jueves, 31 de octubre de 2013
martes, 1 de febrero de 2011
A vueltas con el lenguaje
De un tiempo a esta parte se ha ido imponiendo una (fea) costumbre, extendida rápidamente, como no, entre los políticos patrios y otros iluminados, siempre atentos a todo cuanto pueda hacerlos más cercanos al pueblo, más enrollados y más modernos, la de remarcar con la manera de expresarse el gusto por la igualdad de sexos y, por tanto, una lucha despiadada contra el machismo rancio que parece que se había entronado en el lenguaje como una lapa a la roca.
Desde siempre el idioma ha sido el que ha pagado el pato cuando se ha tratado de endulzar las cosas, como si utilizarlo correctamente pudiera resultar ofensivo, vulgar o sospechoso. Así, es fácil recurrir a ejemplos de sobra conocidos en cuanto a las manías culturales recurrentes cada cierto tiempo y que han ido vedando palabras que, en sí mismas, no contenían ninguna otra connotación que su significado puro y llano. ¿Ejemplo?, pues vocablos como culo, parir, mear, cagar, negro, ciego o viejo se han visto estigmatizados por los bien pensantes y se han ido desterrando del uso común, algunos desde mucho tiempo atrás, otros más recientemente, en un proceso que jamás se detendrá, pues cuando una palabra termina por asentarse en el habla cotidiana reemplazando a otra, con el tiempo se cargará a su vez de rasgos peyorativos o el snob de turno decidirá que hay que encontrar otra más en consonancia con los nuevos tiempos.
El caso es que en España, como decía al comienzo, se ha desatado una especie de cruzada (y es que en cruzadas somos expertos, nos viene de lejos) contra el machismo del castellano. Así, ahora se debe decir siempre "Señoras y señores" o "padres y madres", "niños y niñas", etc. Sino lo hacemos, alguien nos mirará mal o se pensará que atentamos contra las mujeres o las niñas o las miembras o lo que sea.
Yo pienso que el lenguaje está para ayudarnos a comunicarnos y la tendencia, desde siempre, al menos en el lenguaje oral, ha sido hacia la simplificación que permita una comunicación lo más ágil y fluida. Si pensamos en el castellano antiguo y en como se ha ido volviendo menos rígido, podemos llegar a la conclusión que hemos ganado en sencillez y la tendencia va en esa línea. Por lo tanto, aunque solamente sea por un sentido práctico, el referirnos a un grupo de gente como señores o niños o padres, utilizando el significado universal del término para designar a todos los presentes, sexos confundidos, no encierra desde mi punto de vista ninguna connotación sexista, sino tan sólo es una manera directa de comunicación, manera que se ha ido asentando en el habla desde hace mucho tiempo de una manera natural.
Se puede argumentar que esa evolución fue machista. Yo creo que fue algo natural. El machismo como tal no ha existido siempre y me refiero con ello que cuando en una sociedad, pongamos en la edad del hierro, los roles sociales eran asumidos por todos los individuos de manera natural, sin discusión alguna, no se puede hablar de machismo. Este "nace" cuando algunos miembros de la sociedad comienzan a plantearse las diferencias sociales como injustas, fruto de una evolución de tareas, ansias, ideales y pensamiento. Cuando se comienza a hablar de machismo, el lenguaje ya tiene su forma y su uso y éstos no han nacido para vejar a las mujeres, sino de una manera espontánea y natural y achacarle ciertas culpas es injusto y anacrónico.
Segunda cuestión: con la cruzada contra el lenguaje supuestamente machista ¿se conseguirá acabar con los comportamientos machistas? Si así fuera, yo sería el primero en encorsetar y entorpecer la fluidez del español no permitiéndome ni una frase del estilo : "los padres llevaron a los hijos a la fiesta de la Asociación de vecinos del barrio y compartieron con ellos un hermoso día de fiesta"; al contrario, me apuntaría al uso liberador y diría tal que así: "los padres y las madres llevaron a los hijos y las hijas a la fiesta de la asociación de vecinos y vecinas y compartieron con ellos y ellas un hermoso día de fiesta".
Pero dudo que hablando de esa manera llegáramos a erradicar los comportamientos machistas. Lo único que lograríamos sería construir frases interminables que terminarían por hacernos olvidar el fondo de la cuestión mientras nos concentraríamos en elaborar frases entera y perfectamente equilibradas y justas. ¿Alguien se ha parado a pensar lo complicado y farragoso que sería llevar esa manera de hablar a sus últimas consecuencias?, ¿y hay otra manera de hacer las cosas en las que uno cree que hacerlas de manera exacta?
Por otro lado, las personas que se empecinan en marcar esas pautas de los-las en todo momento, no sólo exageran su postura, sino que ponen en una herramienta que debe facilitarnos las cosas, como es el lenguaje, pecados que le son ajenos, de la misma manera que para ellos decir viejo sería insultar, cuando esa palabra, en su significado más habitual, no tiene nada de peyorativo. ¿Es un insulto decir que tenemos un libro viejo o un vieja amistad?, entonces ¿que hay de ofensivo decir que alguien de ochenta años es viejo?, ¿le quitamos años diciendo que es una persona mayor?, ¿se sentirá esa persona más joven por ello?
El lenguaje está ahí, para ayudarnos, para servirnos. En sí mismo no es azul ni gris, en todo caso puede ser más feo o más bonito, según se exprese uno o lo haga Neruda, por ejemplo. Y son aquellos que se emperran en extender sus guerras o sus modas o sus complejos a todo cuanto los rodea los que acaban por dañar realmente el lenguaje, politizandolo, manipulandolo y haciendo de algo universal un arma arrojadiza.
Luchemos contra las injusticias, vale, pero no a base de crear otras o de rozar el ridículo yendo en contra de la lógica más evidente, del uso más normal y hasta de la belleza de un idioma.
Desde siempre el idioma ha sido el que ha pagado el pato cuando se ha tratado de endulzar las cosas, como si utilizarlo correctamente pudiera resultar ofensivo, vulgar o sospechoso. Así, es fácil recurrir a ejemplos de sobra conocidos en cuanto a las manías culturales recurrentes cada cierto tiempo y que han ido vedando palabras que, en sí mismas, no contenían ninguna otra connotación que su significado puro y llano. ¿Ejemplo?, pues vocablos como culo, parir, mear, cagar, negro, ciego o viejo se han visto estigmatizados por los bien pensantes y se han ido desterrando del uso común, algunos desde mucho tiempo atrás, otros más recientemente, en un proceso que jamás se detendrá, pues cuando una palabra termina por asentarse en el habla cotidiana reemplazando a otra, con el tiempo se cargará a su vez de rasgos peyorativos o el snob de turno decidirá que hay que encontrar otra más en consonancia con los nuevos tiempos.
El caso es que en España, como decía al comienzo, se ha desatado una especie de cruzada (y es que en cruzadas somos expertos, nos viene de lejos) contra el machismo del castellano. Así, ahora se debe decir siempre "Señoras y señores" o "padres y madres", "niños y niñas", etc. Sino lo hacemos, alguien nos mirará mal o se pensará que atentamos contra las mujeres o las niñas o las miembras o lo que sea.
Yo pienso que el lenguaje está para ayudarnos a comunicarnos y la tendencia, desde siempre, al menos en el lenguaje oral, ha sido hacia la simplificación que permita una comunicación lo más ágil y fluida. Si pensamos en el castellano antiguo y en como se ha ido volviendo menos rígido, podemos llegar a la conclusión que hemos ganado en sencillez y la tendencia va en esa línea. Por lo tanto, aunque solamente sea por un sentido práctico, el referirnos a un grupo de gente como señores o niños o padres, utilizando el significado universal del término para designar a todos los presentes, sexos confundidos, no encierra desde mi punto de vista ninguna connotación sexista, sino tan sólo es una manera directa de comunicación, manera que se ha ido asentando en el habla desde hace mucho tiempo de una manera natural.
Se puede argumentar que esa evolución fue machista. Yo creo que fue algo natural. El machismo como tal no ha existido siempre y me refiero con ello que cuando en una sociedad, pongamos en la edad del hierro, los roles sociales eran asumidos por todos los individuos de manera natural, sin discusión alguna, no se puede hablar de machismo. Este "nace" cuando algunos miembros de la sociedad comienzan a plantearse las diferencias sociales como injustas, fruto de una evolución de tareas, ansias, ideales y pensamiento. Cuando se comienza a hablar de machismo, el lenguaje ya tiene su forma y su uso y éstos no han nacido para vejar a las mujeres, sino de una manera espontánea y natural y achacarle ciertas culpas es injusto y anacrónico.
Segunda cuestión: con la cruzada contra el lenguaje supuestamente machista ¿se conseguirá acabar con los comportamientos machistas? Si así fuera, yo sería el primero en encorsetar y entorpecer la fluidez del español no permitiéndome ni una frase del estilo : "los padres llevaron a los hijos a la fiesta de la Asociación de vecinos del barrio y compartieron con ellos un hermoso día de fiesta"; al contrario, me apuntaría al uso liberador y diría tal que así: "los padres y las madres llevaron a los hijos y las hijas a la fiesta de la asociación de vecinos y vecinas y compartieron con ellos y ellas un hermoso día de fiesta".
Pero dudo que hablando de esa manera llegáramos a erradicar los comportamientos machistas. Lo único que lograríamos sería construir frases interminables que terminarían por hacernos olvidar el fondo de la cuestión mientras nos concentraríamos en elaborar frases entera y perfectamente equilibradas y justas. ¿Alguien se ha parado a pensar lo complicado y farragoso que sería llevar esa manera de hablar a sus últimas consecuencias?, ¿y hay otra manera de hacer las cosas en las que uno cree que hacerlas de manera exacta?
Por otro lado, las personas que se empecinan en marcar esas pautas de los-las en todo momento, no sólo exageran su postura, sino que ponen en una herramienta que debe facilitarnos las cosas, como es el lenguaje, pecados que le son ajenos, de la misma manera que para ellos decir viejo sería insultar, cuando esa palabra, en su significado más habitual, no tiene nada de peyorativo. ¿Es un insulto decir que tenemos un libro viejo o un vieja amistad?, entonces ¿que hay de ofensivo decir que alguien de ochenta años es viejo?, ¿le quitamos años diciendo que es una persona mayor?, ¿se sentirá esa persona más joven por ello?
El lenguaje está ahí, para ayudarnos, para servirnos. En sí mismo no es azul ni gris, en todo caso puede ser más feo o más bonito, según se exprese uno o lo haga Neruda, por ejemplo. Y son aquellos que se emperran en extender sus guerras o sus modas o sus complejos a todo cuanto los rodea los que acaban por dañar realmente el lenguaje, politizandolo, manipulandolo y haciendo de algo universal un arma arrojadiza.
Luchemos contra las injusticias, vale, pero no a base de crear otras o de rozar el ridículo yendo en contra de la lógica más evidente, del uso más normal y hasta de la belleza de un idioma.
domingo, 8 de junio de 2008
Adaptaciones en el cine: ¿fidelidad o infidelidad? (+)
Para mí es importante que una adaptación cinematográfica sea lo más fiel posible a la obra que se está adaptando, sea una novela, una obra de teatro o un cómic.
Y cuando digo que sea lo más fiel posible, me refiero a que cuente la misma historia, a que los personajes principales sean lo más parecido posible a los que aparecen en la obra original, en todas sus características internas y externas, así como las localizaciones de los diferentes escenarios.
Está claro que el que una película sea fiel a la obra en la que se basa, no implica para nada que tenga calidad, ahí radica el buen hacer de quienes hagan la adaptación. Ni que una obra nada fiel a la obra original, sea mala en sí. Existen ejemplos de ambos casos en la historia del cine.
Una adaptación fiel a su original, tampoco implica falta de creatividad, precisamente deberá utilizar esa creatividad para plasmar lo más fielmente posible una obra en otro lenguaje diferente al original, deberá imaginarse a los personajes y llevar a cabo una buena caracterización de cada uno de ellos, deberá imaginarse los diferentes escenarios y realizar una búsqueda exhaustiva de localizaciones y/o recrearlos convenientemente, deberá en definitivas imaginarse la acción que transcurre y llevarlas a cabo con la mayor creatividad posible. En eso radica una adaptación bien hecha, al menos para mí.
Ciertamente, al leer una obra literaria (por ejemplo) uno se imagina a los personajes y los escenarios que aparecen en ella de una determinada manera, posiblemente de modo diferente a como se las imagina otra persona; por ello, en determinadas ocasiones, al ver la película uno se sorprende diciendo: “el protagonista es exactamente igual a lo que yo me imaginaba” o “qué mal estaba tal personaje, no era para nada como yo me lo imaginaba”.
Aún así, tampoco significa que esa adaptación no sea fiel, ya que el adaptador los puede imaginar de forma diferente a la nuestra, al menos que en la obra original se haga un repaso exhaustivo de las características de cada uno de los personajes, de cada uno de los escenarios,..., en este caso, y dependiendo del grado de diferencia entre original y adaptación, quizás la obra no sea todo lo fiel que se podría esperar.
Además, el que uno se permita ciertas concesiones a la hora de adaptar al cine, no significa que no sea fiel al original. Los tiempos en cine no son lo mismo que otros lenguajes, como el literario o el de la novela gráfica, lo que hace que en ocasiones se deba irremediablemente realizar cambios necesarios para que funcione en cine. Un ejemplo bastante evidente de lo que digo, es el caso de El Padrino, una gran obra de arte del séptimo arte, que cumple con ser una adaptación fiel a su original (no en vano en el guión cinematográfico participa Mario Puzo, el autor de la novela), aún permitiéndose ciertas concesiones.
Me parece que no tiene sentido pagar los derechos de una obra literaria (por ejemplo) para cambiarla por completo, para no seguir ninguno de los puntos mencionados anteriormente. ¿Qué sentido tiene? Si no vas a hacer una adaptación fiel a su original, si te vas a alejar por completo de las líneas básicas del original, mejor crear tu propio guión original, que seguramente no tendrá nada que ver. Un ejemplo que me viene a la cabeza en este momento, es la adaptación que realizó Almodóvar de la obra de Ruth Rendell, titulada Carne Trémula. Creo que se habrían ahorrado bastante dinero si en lugar de intentar adaptar esta obra, hubiesen hecho su propio guión original, ya que no tiene nada que ver con el original.
Y cuando digo que sea lo más fiel posible, me refiero a que cuente la misma historia, a que los personajes principales sean lo más parecido posible a los que aparecen en la obra original, en todas sus características internas y externas, así como las localizaciones de los diferentes escenarios.
Está claro que el que una película sea fiel a la obra en la que se basa, no implica para nada que tenga calidad, ahí radica el buen hacer de quienes hagan la adaptación. Ni que una obra nada fiel a la obra original, sea mala en sí. Existen ejemplos de ambos casos en la historia del cine.
Una adaptación fiel a su original, tampoco implica falta de creatividad, precisamente deberá utilizar esa creatividad para plasmar lo más fielmente posible una obra en otro lenguaje diferente al original, deberá imaginarse a los personajes y llevar a cabo una buena caracterización de cada uno de ellos, deberá imaginarse los diferentes escenarios y realizar una búsqueda exhaustiva de localizaciones y/o recrearlos convenientemente, deberá en definitivas imaginarse la acción que transcurre y llevarlas a cabo con la mayor creatividad posible. En eso radica una adaptación bien hecha, al menos para mí.
Ciertamente, al leer una obra literaria (por ejemplo) uno se imagina a los personajes y los escenarios que aparecen en ella de una determinada manera, posiblemente de modo diferente a como se las imagina otra persona; por ello, en determinadas ocasiones, al ver la película uno se sorprende diciendo: “el protagonista es exactamente igual a lo que yo me imaginaba” o “qué mal estaba tal personaje, no era para nada como yo me lo imaginaba”.
Aún así, tampoco significa que esa adaptación no sea fiel, ya que el adaptador los puede imaginar de forma diferente a la nuestra, al menos que en la obra original se haga un repaso exhaustivo de las características de cada uno de los personajes, de cada uno de los escenarios,..., en este caso, y dependiendo del grado de diferencia entre original y adaptación, quizás la obra no sea todo lo fiel que se podría esperar.
Además, el que uno se permita ciertas concesiones a la hora de adaptar al cine, no significa que no sea fiel al original. Los tiempos en cine no son lo mismo que otros lenguajes, como el literario o el de la novela gráfica, lo que hace que en ocasiones se deba irremediablemente realizar cambios necesarios para que funcione en cine. Un ejemplo bastante evidente de lo que digo, es el caso de El Padrino, una gran obra de arte del séptimo arte, que cumple con ser una adaptación fiel a su original (no en vano en el guión cinematográfico participa Mario Puzo, el autor de la novela), aún permitiéndose ciertas concesiones.
Me parece que no tiene sentido pagar los derechos de una obra literaria (por ejemplo) para cambiarla por completo, para no seguir ninguno de los puntos mencionados anteriormente. ¿Qué sentido tiene? Si no vas a hacer una adaptación fiel a su original, si te vas a alejar por completo de las líneas básicas del original, mejor crear tu propio guión original, que seguramente no tendrá nada que ver. Un ejemplo que me viene a la cabeza en este momento, es la adaptación que realizó Almodóvar de la obra de Ruth Rendell, titulada Carne Trémula. Creo que se habrían ahorrado bastante dinero si en lugar de intentar adaptar esta obra, hubiesen hecho su propio guión original, ya que no tiene nada que ver con el original.
Dicho esto, he de puntualizar que cuando hablamos de adaptaciones cinematográficas, estamos hablando de lenguajes diferentes. Cierto es que una obra literario utiliza otro lenguaje, cierto es que un cómic utiliza otro lenguaje, cierto es que una obra de teatro utiliza otro lenguaje,..., pero eso no impide que una buena adaptación cinematográfica sea lo más fiel posible a su original, utilizando su propio lenguaje, con todo lo que ello implica.
Y ya para finalizar, me imagino por un momento en la piel del autor de la obra que se vaya a adaptar, desde luego creo que me gustaría poder ver en la gran pantalla una adaptación lo más fiel posible de mi obra. ¿Vosotros no?
sábado, 7 de junio de 2008
Adaptaciones en el cine: ¿fidelidad o infidelidad? (-)
El cine no es ajeno a lo que ocurre en las otras artes. Su naturaleza misma le lleva a participar de la fotografía, la literatura o la música. Y sin embargo, el cine tiene sus propias reglas, sus pautas y su lenguaje. Es por ello que es un arte independiente y adulto.
Ya desde sus comienzos, tras aquellos primeros pasos en que el cine era como un ojo que solo documentaba la realidad o se servía de pequeños trucos que lo asemejaban a un espectáculo de magia, el cine intenta construir historias de la manera más sencilla que encuentra: tomando como modelo los grandes clásicos de la literatura. Era un intento de dotar a este arte naciente del prestigio y la calidad reconocidos para la literatura. Sin embargo, estos ensayos lo único que produjeron fue retrasar el desarrollo propio de esta nueva expresión artística y convertirla en un mero "teatro filmado" de creatividad cero. Tengamos en cuenta además que estamos hablando de cine mudo, con lo que aún resultaba más absurdo contemplar a los actores declamando parrafadas frente a la cámara inmóvil.
No fue hasta la llegada de un talento prodigioso (D. W. Griffith) cuando el cine comenzó a tomar conciencia de sus propios medios de expresión y a desarrollarse plenamente. En cuanto el cine adquirió conciencia de sus posibilidades, la creatividad empezó a salir a la superficie. Solamente la llegada del sonoro vino a frenar el desarrollo expresivo del cine al quedar las películas, en esos primeros tiempos del sonido, excesivamente supeditadas a las nuevas posibilidades de la palabra.
Todo esto sirva de presentación para afrontar un tema muy sugestivo: ¿deben ser las adaptaciones cinematográficas lo más fidedignas posible a su modelo?
Mi opinión es que no debe ser así. Un modelo, sea adaptado a otra forma de expresión artística o no, debe ser un punto de referencia del que partir, pero el copiarlo fielmente no produce más que una obra desprovista de valor alguno. ¿Para que volver a pintar "Las Meninas" fielmente si ya tenemos la obra original?, ¿qué especial talento o habilidad se demuestran copiando al pie de la letra una novela o un concierto? En cierta ocasión veía anunciado en el escaparate de una galería de arte que se vendían fieles copias de un conocido cuadro como "auténticas" y numeradas y lo único que se me ocurría era pensar en el fin lucrativo de tamaña iniciativa, alejada sin duda de cualquier otro mérito artístico.
Pues lo mismo creo que se puede aplicar a las adaptaciones cinematográficas de obras de otras artes, como la literatura (o el cómic), que sin duda es la fuente primordial de la que se nutre el cine. Este no solo no debe intentar alcanzar la fidelidad máxima por temas meramente creativos. Un film que copie palabra por palabra o escena por escena su modelo carecería del mínimo valor creativo. Pero es que además, al tener el cine su propio lenguaje y sus reglas únicas para contar una historia, sería totalmente absurdo y contraproducente intentar plasmar una novela sin hacer un ejercicio de adaptación y búsqueda de la mejor manera de expresarse con los medios propios del arte cinematográfico.
Quizá la mejor manera de comprender lo que intento explicar sea viendo algunas películas de dibujos animados que llevan a la pantalla obras del cómic. Estoy pensando, por ejemplo, en alguna adaptación de Lucky Luke o Asterix y Obelix realmente lamentables, sin vida, sin fuerza ni agilidad, y todo por ser meras copias de las viñetas originales sin entender que su traslado al cine necesita de un mínimo de adaptación creativa que recurra al lenguaje cinematográfico.
Servirse de un modelo debe ser el punto de partida solamente. La creatividad, el talento y la comprensión de las posibilidades únicas del cine han de hacer el resto.
Ya desde sus comienzos, tras aquellos primeros pasos en que el cine era como un ojo que solo documentaba la realidad o se servía de pequeños trucos que lo asemejaban a un espectáculo de magia, el cine intenta construir historias de la manera más sencilla que encuentra: tomando como modelo los grandes clásicos de la literatura. Era un intento de dotar a este arte naciente del prestigio y la calidad reconocidos para la literatura. Sin embargo, estos ensayos lo único que produjeron fue retrasar el desarrollo propio de esta nueva expresión artística y convertirla en un mero "teatro filmado" de creatividad cero. Tengamos en cuenta además que estamos hablando de cine mudo, con lo que aún resultaba más absurdo contemplar a los actores declamando parrafadas frente a la cámara inmóvil.
No fue hasta la llegada de un talento prodigioso (D. W. Griffith) cuando el cine comenzó a tomar conciencia de sus propios medios de expresión y a desarrollarse plenamente. En cuanto el cine adquirió conciencia de sus posibilidades, la creatividad empezó a salir a la superficie. Solamente la llegada del sonoro vino a frenar el desarrollo expresivo del cine al quedar las películas, en esos primeros tiempos del sonido, excesivamente supeditadas a las nuevas posibilidades de la palabra.
Todo esto sirva de presentación para afrontar un tema muy sugestivo: ¿deben ser las adaptaciones cinematográficas lo más fidedignas posible a su modelo?
Mi opinión es que no debe ser así. Un modelo, sea adaptado a otra forma de expresión artística o no, debe ser un punto de referencia del que partir, pero el copiarlo fielmente no produce más que una obra desprovista de valor alguno. ¿Para que volver a pintar "Las Meninas" fielmente si ya tenemos la obra original?, ¿qué especial talento o habilidad se demuestran copiando al pie de la letra una novela o un concierto? En cierta ocasión veía anunciado en el escaparate de una galería de arte que se vendían fieles copias de un conocido cuadro como "auténticas" y numeradas y lo único que se me ocurría era pensar en el fin lucrativo de tamaña iniciativa, alejada sin duda de cualquier otro mérito artístico.
Pues lo mismo creo que se puede aplicar a las adaptaciones cinematográficas de obras de otras artes, como la literatura (o el cómic), que sin duda es la fuente primordial de la que se nutre el cine. Este no solo no debe intentar alcanzar la fidelidad máxima por temas meramente creativos. Un film que copie palabra por palabra o escena por escena su modelo carecería del mínimo valor creativo. Pero es que además, al tener el cine su propio lenguaje y sus reglas únicas para contar una historia, sería totalmente absurdo y contraproducente intentar plasmar una novela sin hacer un ejercicio de adaptación y búsqueda de la mejor manera de expresarse con los medios propios del arte cinematográfico.
Quizá la mejor manera de comprender lo que intento explicar sea viendo algunas películas de dibujos animados que llevan a la pantalla obras del cómic. Estoy pensando, por ejemplo, en alguna adaptación de Lucky Luke o Asterix y Obelix realmente lamentables, sin vida, sin fuerza ni agilidad, y todo por ser meras copias de las viñetas originales sin entender que su traslado al cine necesita de un mínimo de adaptación creativa que recurra al lenguaje cinematográfico.
Servirse de un modelo debe ser el punto de partida solamente. La creatividad, el talento y la comprensión de las posibilidades únicas del cine han de hacer el resto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)